1.1 En medio de la noche, Dios lleva a Abrahán, primero a la contemplación de la grandeza de sus promesas y luego al reconocimiento de la propia nada.
1.2 Porque hay aquí la historia de dos noches. Una, la de contar las estrellas; otra, la de permanecer semiaterrorizado ante los trozos de carne despedazada. Esta segunda escena, bueno es aclararlo, nos remite al modo en que solían celebrarse las alianzas entre jefes de tribus o clanes, en aquella época: los que sellaban alianza pasaban por en medio de los animales despedazados y juraban, cada uno por los propios dioses, que querían un destino semejante si llegaban a incumplir las promesas hechas.
¿Cuál es el lugar de Dios en nuestra vida? Puede mostrarse cercano, capaz de tomar el rompecabezas de nuestra vida y darle sentido, ponerse la camiseta de nuestro equipo y arriesgarse a asumir el reto de ser como nosotros?
El profeta Isaías le atribuye a Dios sentimientos de compasión y de ternura, dignos de una madre: «¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque aquellas llegasen a hacerlo, yo no te olvido» (Isaías 49, 15).
Estamos en la mente de Dios, somos su obra predilecta, somos los amados. Dios es incapaz de contradecirse a sí mismo, por lo que su opción por nosotros es decidida y definitiva. En el antiguo testamento, cuando el pueblo de Israel caminaba por el desierto, hizo camino con su pueblo, se colgó la tienda de reunión en los hombros y presenció la aventura del éxodo: de día en forma de nube, de noche, en forma de fuego, iba delante señalando el sendero hacia la tierra prometida. Ese es Dios, presto a aparecerse en medio de su pueblo, a vivir la experiencia de la humanidad peregrina.